Escrito por Aníbal Fernández Visitas: 1694
CÁMARA DE SENADORES DE LA NACIÓN
De corazón festejo que uno pueda tratar temas terriblemente serios, como los que estamos considerando, sin ponerse una camisa con almidón. Me parece que es saludable, porque estamos abordando temas muy profundos y dolorosos que llevan muchísimos años. Y la realidad es que la mente ha ido cambiando pero algunas cosas no; y se van sosteniendo siempre las que perjudican a los mismos.
Nosotros hemos tenido dos Códigos Penales, paradójicamente, los dos hechos por legisladores que, antes o después, han sido gobernadores de la provincia de Buenos Aires. El primero fue elaborado por Carlos Tejedor; y el segundo, en 1921, por Rodolfo Moreno, quien después fue, en la década de 1940, gobernador de un proceso conservador y que, en definitiva, fue quien armó esta estructura.
Lo que dice la senadora Negre de Alonso respecto del senador Agúndez, con quien tuve un excelente trato personal, es cierto. El Código Penal constituye un verdadero andamiaje, es una estructura a la que no se le puede ir colando pedacito por pedacito, porque se hacen macanas muy grandes. Alguna vez, con tal de frenar el robo automotor, se cometió una estupidez, ya que se puso una pena máxima para el robo de vehículos, superior al mínimo de la pena por homicidio simple. Hemos llegado a cosas de esas características.
Es cierto lo que dice la senadora Negre de Alonso. Este tema debemos abordarlo en un todo, para que esa pieza de ingeniería, que alguno calificó hasta el artículo 78 de una determinada manera y, a partir del artículo 79, de otra –definiendo el homicidio simple, para después, por la casuística precisar todos los otros casos y volver al homicidio simple si no se cumplen los requisitos–, la podamos trasformar de la misma manera.
En ese sentido, fue muy importante la reforma de 1922 por parte de Rodolfo Moreno porque, entre otras cosas, eliminó la pena de muerte. La última pena de muerte recae a principio del siglo XX sobre dos pescadores de la zona de La Boca, a quienes una señora del centro contrató para matar a su marido. La investigación de la Policía Federal llevó a que detectaran quiénes habían sido y de dónde venían los asesinos por el olor a pescado que había quedado en los cuchillos con los que habían asesinado a distancia a la víctima. En efecto, lo habían matado de muchas puñaladas, pero a distancia, con una suerte de lanza hecha con los cuchillos. Hasta eso se logró en algún momento.
Sin embargo, bajo ningún punto de vista se pensaba de otra forma, porque el mundo lo hacía de esa manera. Así se pensaba. Hace ciento sesenta años, decía Federico Engels que el último esclavo en liberarse será la mujer. Cuánta razón; sigue siendo lo mismo. Porque es mentira aquello que muchos –aunque no sea gente de mi partido– festejamos cuando se reformó la Constitución, escuchando a Crisólogo Larralde –un hombre que terminó sus últimos días en mi pueblo, en Quilmes– hablar de igualdad de trabajo y remuneración. Eso es mentira, señor presidente. La igualdad de trabajo no es tal: ante idéntica forma, proyección y desarrollo de trabajo, en cabeza de la mujer el salario es mucho más barato que respecto del hombre. Entonces, esa igualdad es mentira.
De tal modo que, tomando esa estructura que se pensó en algún momento para reformar ese Código Penal, lo primero que tenemos que ver es que aquel cuerpo legal traía la vieja forma de magnificar, desarrollar o expresar el “honor” del Código Penal español. Y eso hacía que el honor no fuera algo para reivindicar como propio sino que manchaba a toda la familia. Entonces, si se producía esa situación en la familia, estábamos todos en la misma: nos llevaba puestos a todos, como dicen los pibes ahora. O sea, si una chica quedaba embarazada, eso se llevaba puesta a toda la familia; si alguien de la familia era gay, esto se llevaba puesta a toda la familia; si había habido una violación, en vez de ir y abrazar fuerte a esa víctima para cuidarla y quererla con el corazón, dicha situación se llevaba puesta toda la familia. Porque este es el formato que se eligió para agraviar a la mujer, siempre en un cuarto o quinto plano; ni siquiera en el segundo.
Entonces, ¿cómo no coincidir con lo que se dijo aquí? Me pareció excelente la exposición del senador Guastavino, al igual que las expresiones del senador Sanz. Y también me parecieron excelentes los discursos de varios de los senadores que han aportado su visión a esta discusión, la cual debe llevarse a cabo sí o sí, dado que no tenemos más forma que trabajarla. Y creo que este es el año para hacerlo.
Yo no creo en el 8 de marzo, señor presidente. Por eso no saludé a nadie. Todo el mundo me criticó. Me cuestionaron que no saludé; pero no me gusta. Sin embargo, ¿sabe qué, señor presidente? Cuando la jefa del movimiento nacional peronista me ofreció encabezar la lista como senador por la provincia de Buenos Aires decidí como tema a considerar este de la violencia contra la mujer. Por lo tanto, tengo algunas cosas para exhibir porque, además, fui el que se peleó por todo el mundo con motivo de la ley de trata. Y después, con varias legisladoras de esta Cámara, entre las que se encontraba la entonces senadora Vilma Ibarra –quien oportunamente nos acompañó–, trabajamos en una propuesta sobre este tema junto con Eva Giberti y un montón de jueces y fiscales, que se frenó durante un año y pico –aunque no se quiera creer– porque organizaciones argentinas –seguramente, con buena voluntad; no tengo por qué pensar mal– que abrevan en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, llevaban allá la queja respecto del artículo 2º o 3º –no recuerdo con exactitud– que habla del consentimiento.
En ese entonces, nosotros decíamos que debíamos ir fuertemente por la ausencia del consentimiento del menor y no meternos con los mayores, porque por ahora no podíamos administrar esa diferencia entre el ejercicio de la prostitución –que es una falta y no un delito– y aquella que se prostituye y es víctima de una trata. La Convención se llamaba contra la Trata de Personas y Explotación de la Prostitución Ajena. Y eso lo demostramos, porque el 80 por ciento de las víctimas rescatadas son mayores. Así que no se necesita esa figura. Pero vayamos por la figura también; profundicémosla. Ya la primera parte la hicimos.
Por invitación del FBI, en cierta ocasión fui a Washington y me preguntaron de qué tema me interesaba hablar. Respondí que quería hablar sobre trata. Entonces, me llevaron con una persona del Departamento de Estado que se llama Bárbara Fleck. Y menciono sus iniciales en todos lados que puedo, porque es quien siempre se ocupó de hablar en contra de la Argentina para que nos fuera mal en este tema de la trata de personas. A pesar de su militancia, llegó un momento que sacó una nota y me dijo: “Mire, habría que corregir esto”. Y me lo dio. ¡Y era mi proyecto, señor presidente! Entonces, lo tomé, lo doblé en cuatro y le dije: “Las leyes de mi país se discuten en mi país, con los legisladores de mi país. Lo doblé y me paré”. Entonces, ese señor del FBI que gentilmente nos había invitado, hecho una furia la despidió, con mucha bronca, y nos pidió disculpas de mil formas. Esto lo cito cada vez que tengo oportunidad, para que sepan cómo se tratan las cosas en la Argentina.
Esa ley funciona; y con esa ley se inició un camino y un derrotero fenomenal. Yo me encargué de recorrer el país explicándola; y lo hacía hasta en lunfardo, para que se comprendiera hacia dónde estábamos yendo. Las canciones populares normalmente hablan de lo popular. Por eso uno comprende lo que va pasando en el país.
Usted, señor presidente, va pasando por el Chaco y menciona Puerto Tirol, ¿y cómo no lo va a conocer, si hay un chamamé que se llama Puerto Tirol? Entonces, cuando usted quiere saber lo que está pasando con este tema, y se lo decía a los funcionarios policiales a los cuales capacitaba personalmente, hay una milonga que le dio a ganar mucho dinero a Edmundo Rivero que se llama “La toalla mojada”. Dice en algún momento, y perdón por usar el lunfardo: “No había escruche, ni peca, ni a copera que no diera mancada y a la Chichi Toyufa la fajaba con su toalla mojada.” Traducción: “No había escruche...”, es decir, robo con efracción, “ni peca”, estafa, normalmente con el juego, “... ni a copera...”, entiéndase por prostituta que se ofrece de alguna manera, “... que no diera mancada...”, que no estuviera bajo su vigilancia, “... y a las Chichí Toyufa...”, es decir, a las que eran fallutas, a las que no cumplían con su palabra, las fajaba con la toalla mojada. Es decir, la sociedad aceptaba eso porque compraba el disco. Nadie se quejaba ni decía “mirá lo que dice este tipo”. Pero luego la letra sigue: “Nunca hubo shomería en sus acciones, ...” Eso viene de “mishiadura”, es decir, pobreza. No eran pobres sus acciones, ¿cómo que no eran pobres? ¿No dice que “No había escruche, ni peca, ni a copera que no diera mancada”? Pero lo que es peor que dice: “Nunca hubo shomería en sus acciones, ni taquero que sacara tajada...” Eso quiere decir que todos sabíamos que los taqueros sacaban tajada, que los comisarios cobraban una parte de la prostitución en todo este país.
Entonces, había que decirlo en la cara de una vez. No sé lo qué pasó ni me interesa mucho, pero a partir de este momento esto no sucede más. O ustedes se ponen las pilas o se van a encontrar con un palo fenomenal porque vamos por ustedes. Esta es la discusión que nos importó a nosotros.
Fuimos a discutir la trata y hoy funciona. Me siento orgulloso de haber sido uno de los motores que la llevó adelante. Lo mismo puedo decir respecto de la violación. Me cansé en los primeros tiempos en que administré la seguridad en este país de pedir los expedientes y no había uno que dijera “intento de violación”. Siempre eran intento de robo o de cualquier cosa, menos intento de violación. No había nadie que recibiera a la mujer.
Hoy, en la ciudad de Buenos Aires, cualquier persona que tiene una situación de estas características va a una comisaría y citan inmediatamente a la brigada. Ella está compuesta por la policía, que es la que desarma la parte penal, y otra parte por los trabajadores sociales que fortalecen a la víctima. La ayudan a preservar la prueba y la fortalecen para que no la lastime nadie más. Eso existe. Se hizo, se trabajó y se sigue preparando fuertemente a la policía para que pueda actuar en este ámbito. De todas maneras, hay que seguir trabajando con el resto de las provincias.
Lo mismo se puede decir de la violencia familiar. Existe. A la mujer se le pega y esto hay que evitarlo. En la ciudad de Buenos Aires, cualquier mujer llama al 137 y, si está sola, se la instruye sobre cómo puede actuar, pero si llama en el momento en que está siendo agredida, llega la policía, aparta al golpeador, y, por el otro, los trabajadores sociales se hacen cargo de su familia. Eso no se pierde más. Hoy se trabaja fuertemente de parte del 137.
Por lo cual, lo que se dice respecto del femicidio implica que sea imperioso que se lo saque en los próximos meses. Estaré presentando mi proyecto de agravantes del artículo 80 en la próxima semana. No lo quise hacer ahora con estos temas para que no se perdiera en términos políticos. No obstante, creo que juntamente a otras iniciativas se sacará una buena ley sobre femicidio. Es decir, solamente matar porque se trata de una mujer. Es imperioso que se trabaje fuertemente.
Además, hay que trabajar fuertemente con la cosificación, que fue mencionada por la señora senadora Rojkes de Alperovich. En esto de la cosificación va todo. No puede ser que se exhiba a la mujer desnuda en los programas de televisión. Soy un heterosexual recontraconvencido, pero creo que hay cosas que tienen límites. Y no está bien que para que alguien acceda a determinadas posibilidades del arte tenga, sí o sí, que ser cosificado. Es una locura. Es imposible. Es inaceptable. También pareciera ser que todas las que tienen tránsito lento en este país son mujeres. Esa también es una forma de agraviar, de insultar, de poner a la mujer en la peor de las condiciones.
Una de las cosas tan graves como las que acabo de mencionar es tratar de meterse con la familia de los funcionarios. Lo que le acaba de pasar a mi amigo “Juanchi”.
Las leyes que se vienen son imperiosas, pero es imperioso también que en el marco de la ley tengamos presencia y potencia política para discutir lo que dijo el señor senador Pichetto. No es un tema suelto, al igual que lo mencionado por la senadora Bongiorno.
Yo no soy ni más ni menos garantista. No soy de esos. No creo en una cosa ni en la otra. Lo que digo es que hay que ajustarse a derecho. Pero ajustarse a derecho significa discutir una ley que tenga las cualidades suficientes como para garantizar que echan raíces en la sociedad creando hábitos colectivos. Esto no lo inventé yo. Ya lo decía Aristóteles hace 2.200 años.
Por eso, es imperioso que lo hagamos para defender precisamente esas posturas. De lo contrario, pasa lo que sucedió en La Pampa, que un señor que se cree un vivo bárbaro,
agarró a una mujer que, seguramente, está recontragolpeada, viene de un golpe más, la aprietan – porque la han apretado para que se callara – y termina pagándolo con la muerte. Porque el juez es un señor que se creyó que era el dueño de la vida y de la muerte de los demás. Es una discusión que se tiene que dar. Nosotros debemos sacar un montón de leyes que pongan freno a esa discusión. No es retrógrado, no es facho, sino que es defender lo que no está defendido todavía. Lo hicimos con el matrimonio igualitario. Yo no soy progresista ni me pongo ropa de progresista –esto no es peyorativo, sino que no lo soy simplemente–, pero amo la libertad. Y si un señor quiere vivir con otro señor y si una señora quiere vivir con otra señora deben poder hacerlo porque hace a su libertad. Bendito sea Dios que podamos pelear por la libertad. Esta es la discusión que nosotros nos tenemos que dar en lo que está viniendo, estas son las leyes, pero si no tenemos jueces acordes estamos fritos. Si no tenemos jueces acordes y nos siguen aplicando fallos plenarios como el “Díaz Bessone”, donde nos muestra que este personaje, un hombre norteamericano que en la Argentina mata a su mujer y a los hijos y sigue esperando el juicio porque, supuestamente, no pone en riesgo el proceso y no está en condición de hacerse prófugo, estamos fritos porque no se cumple con los principios esenciales del castigo, del llamado de atención, de la puesta en caja –llámenlo como quieran–. Pero la realidad es que tenemos la necesidad de que las cosas se pongan en el lugar que corresponde…
Respecto de lo que estamos hablando en términos de trata, nuestra vocación era “el que mucho abarca poco aprieta”. Si nos volvemos locos por hacer todo, no vamos a hacer nada. Pongamos una cabeza de playa, que es importantísimo, y la tenemos. Ahora vayamos con todas las modificaciones que está pidiendo la senadora. ¿Por qué no? Si esa es la obligación que tenemos nosotros: profundizarlo. Pero si no, seguimos teniendo una herramienta bárbara.
Por otro lado, hay otra cosa a la que se refirió el señor senador Pichetto y que lo hemos propuesto desde el Ejecutivo en varias oportunidades: generemos de una vez un banco genético de violadores con condena firme. ¿A qué le tienen miedo? ¿A estigmatizarlos? ¿Y qué hacen con nuestras víctimas? ¿A qué le tienen miedo? Una vez me dijo un funcionario: se los estigmatiza. ¿Y qué hace con la mujer de la que se valió? ¿Qué hace con esa mujer? Entonces, de una vez por todas hay que sacarse la careta y levantar la manito diciendo con claridad que es un banco genético de violadores con condena firme. No estaremos haciendo nada que no haga al control por parte de la Justicia. No será de acceso libre; el control lo tendrá la Justicia. Y esta va a poder tener de los que vienen y de los que fueron. Como hoy se puede hacer una suerte de código de barras, uno puede tener el control sin ningún tipo de inconveniente.
Señor presidente: creo que ha sido una jornada fenomenal en estos términos, porque hablamos de temas que alguna vez debemos ponerlos definitivamente en el tapete. No los bajemos nunca de la mesa, por Dios. ¡Nunca cedamos un solo tranco de pulga en una discusión tan profunda! Porque es imperioso que así lo hagamos, como sucedió con la Corte: no es un tema menor, señor presidente, y yo le garantizo que soy un señor de fe y que, además, creo fuertemente en lo que hago y dogmáticamente estoy decididamente en contra del aborto. Pero cuando se discutió ese aborto no punible en el 86, se discutía con claridad, en aquel momento, otra visión, pues se hablaba de la mujer idiota. Pero ahora estamos hablando de otra situación, donde nadie debe soportar semejante vejación. La discusión que dio la Corte es de la estatura que tiene ese tribunal: seria, libre, sin ningún tipo de cortapisas, sin presiones, y nosotros debemos valernos de esos resultados que nos va dando.
Por esto, pido con mucha humildad que vayamos profundizando este tema. Hay mucha tela para cortar y somos muchos los que pensamos de la misma manera, y habrán visto que no son solamente mujeres. Llevemos adelante una tarea importante para que este año se corone definitivamente con propuestas válidas y contundentes. Y si no hay jueces que estén a la altura de las circunstancias deberemos ocuparnos también de la responsabilidad de removerlos para que sepan exactamente a dónde tiene que ir la postura que los argentinos piensan para sus mujeres.