
Para estas fechas, en el año 2004, acompañé en mi condición de Ministro del Interior del Presidente Kirchner, al entonces Canciller Rafael Bielsa a una visita protocolar al Papa Juan Pablo II. Debo reconocer que, como católico, guardaba la lógica expectativa de conocer a un Papa. Era importante para mí.
Nos dirigimos a la sala que habitualmente se utiliza para las recepciones, casi sin darnos cuenta. Seguramente distraídos y convencidos de tener que esperar el tiempo que fuera necesario, para que se hiciera presente nada menos que el Santo Padre.
Pero en cuanto ingresamos, el que nos estaba esperando era él. El mismísimo Juan Pablo II. Jamás volveré a vivir un momento semejante.
Ya estaba enfermo y dolorosamente viejo. Inclinado sobre el brazo izquierdo de su sillón nos miraba con atención. No era un hombre común, para nada. Tenía algo distinto que lo hacía ver como un ser especial. Su sola presencia proyectaba una suerte de aura que a todos nos impactó y que nadie sabe explicar.
Aún viejo y con problemas de salud, tenía una mirada penetrante y esa voz, que aunque gastada por el trabajo y por la enfermedad, nos recibía diciéndonos: “Argentinos…, peronistas” dándole a cada palabra una profundidad indescriptible.
Fue una caricia o así lo experimentamos todos. Mucha gente me ha manifestado lo mismo. De diversas condiciones sociales, de diversos credos y razas.
Quizás sea ésta una de las explicaciones posibles al aluvión de muchedumbres incontables que quisieron despedirse de él, cuando sólo los ojos podían ver un ataúd sencillo en la colosal Plaza de San Pedro.
“Se necesitan personas que amen y que piensen, porque la imaginación vive del amor y del pensamiento, y ella, a su vez, alimenta nuestro pensamiento y enciende nuestro amor”, supo decir. Me gusta repetirlo porque de alguna manera, expresa lo que ha sido su vida.
Pensar en Juan Pablo II es pensar en Gandhi, en la Madre Teresa, en Martin Luther King y en tantos otros que con su ejemplo de vida, han propiciado una caricia a la condición humana.
Por ello me emociona saber que será beatificado el 1 de mayo. Más allá de las creencias personales y de las diferencias lógicas que cada uno puede tener con cualquier persona, creo que la historia humana se enriquece con huellas como las que ha dejado Juan Pablo II.







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Abrazo
Charly
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